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martes, 12 de agosto de 2008

Scion la Heredera: 4 - Scion y las Sombras

Las enormes puertas del castillo se abrieron y una brisa tan fría que erizaba la piel, bañó el cuerpo de Scion que estaba apenas protegido con un delgado vestido de seda azul, celeste y blanco. El frío era tan profundo que quedaría marcado por siempre en la memoria de esta joven. Frío que venía en las ráfagas heladas que jamás habían visto la luz del sol y otro frío, aún más intenso, que venía desde su interior, alimentado con la incertidumbre de aquella vida que se estaba lanzando a un mundo que no conocía, sin nada que la protegiera, sin una voz que la guiara. Scion miró a su alrededor un poco molesta. "Si vas a seguir hablándome, al menos podrías decirme la dirección que debo tomar." Sí, estaba molesta. Quizás esperaba no escucharme más una vez que hubiera dejado el castillo o que al menos la ayudara. Para ella era difícil comprender que mi labor era narrar su historia en forma constante, imparable, imparcial… pero jamás, jamás intervenir en ella. "¿Qué camino debo tomar?", preguntó haciendo caso omiso de mis últimas palabras. Era evidente que Scion estaba nerviosa y asustada. Frente a ella se extendían infinitas planicies cubiertas de rocas inertes, bañadas por una muy suave llovizna producto de la humedad eterna; y sobre todo, una oscuridad impenetrable que, poco a poco, se acercaba a la ceguera. Scion le prestó más atención a mi voz, pero mis palabras no le traían consuelo alguno ni le ofrecían la ayuda que ella tanto necesitaba.

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Era tan complicado caminar en aquel valle oscuro cubierto de piedras, que una roca inestable cedió ante su peso y uno de sus pies sufrió una torcedura. "Ay…" Era la segunda vez que se caía en este día y decidió que el dolor no era su experiencia favorita. Con cuidado, masajeó su tobillo y cuando sintió que estaba en mejor forma, se quitó la otra zapatilla y decidió caminar descalza. Cuando Meteoro creó su vestuario y sus zapatos de zafiro, nunca pretendió que le sirvieran para moverse entre superficies tan irregulares. Tomó uno de sus zapatillas en cada mano y siguió caminando entre las piedras, algunas filosas, otras simplemente groseras contra la delicadeza de sus pies, pero al menos sentía que podía mantener el equilibrio, aunque el frío profundo subía por sus piernas y la ponía a temblar. Pero no se daría por vencido, no cuando finalmente estaba consiguiendo lo que tanto había deseado. Sin tener muy claro hacia donde se dirigía, empezaba a alejarse del castillo en una misma dirección. Tal vez lo hacía por instinto, tal vez por casualidad, pero lo cierto era que el castillo donde hasta ahora había vivido estaba en el centro del Valle de Sombras y cualquier camino que tomara en línea recta la llevaría a las afueras y, por consiguiente, a otros reinos donde se pudiera ver la luz del sol. Evidentemente Scion me había escuchado, porque una suave sonrisa se acababa de dibujar en su rostro mientras su mirada se cubría de luminosa esperanza.

Un nuevo tropiezo y esta vez cayó aparatosamente, lastimándose un brazo contra el filo de una roca, pero al menos alcanzó a protegerse la cabeza suavizando el golpe. Aún así, quedó mareada y rápidos destellos rodearon su mirada. Pestañeó varias veces pero la única luz que veía eran aquellos reflejos que venían desde el interior de su mente, la oscuridad absoluta se había apoderado de sus ojos y no los quería liberar. Se los restregó y aún nada. La ceguera sin duda puede atemorizar a cualquiera, más a un ser tan joven que de lo único que siempre había estado segura era de sus sentidos. "No. No. No. ¡No!" Miedo. Un profundo miedo era lo que sentía Scion en este momento en que se consumía en la oscuridad absoluta. "No, tengo que calmarme. Es por el golpe, ya va a pasar." Respiró hondo y se sentó en el suelo con los ojos cerrados, esperando que la luz de su mirada volviera al recuperar la cordura. Abrió los ojos y el negro absoluto que la rodeaba seguía ahí… pero era diferente…

Negro sobre negro sobre negro sobre negro. Capas de oscuridad ligeramente diferentes entre sí se sobreponían con vida propia; danzaban a su alrededor en un baile primitivo, ritual, delirante. Scion agitó un brazo y varias de estas capas se hicieron al lado mientras dejaban escapar un sonido gutural. "¡Están vivas!" Como pudo, Scion se levantó y trató de correr, pero más capas de sombras negras la rodearon, moviéndose en círculos alrededor de ella, rozándola ligeramente con su aire áspero y desagradable. Armándose de valor, Scion les habló. "Soy Scion, emisaria de Meteoro, Dios de las Rocas que Caen. Apártense de mi camino que estoy en una cruzada divina…" No pudo terminar su discurso porque un sonido metálico y áspero, ligeramente parecido a la risa, escapó de entre las sombras, mientras más capas de esta profunda oscuridad se acercaban y engrosaban aquel muro oscuro que no la dejaba escapar. "¿Es que no tienen temor de mi Dios?" En respuesta, una capa negra tapó su boca, cubriéndola con fría oscuridad y sofocando cualquier intento de fuga. Como pequeñas espinas, Scion sintió que las sombras se clavaba en su piel, que enfriaban su cuerpo desde el interior en un intento por arrebatarle la vida. Las fuerzas la comenzaban a abandonar, el aire que respiraba por la nariz se volvía denso como el agua y ya no llenaba sus pulmones como debía. Nuevas luces brotaron en su mente, en esta ocasión anunciando que la inconciencia estaba por llegar. En un movimiento desesperado, tomó una de las zapatillas de zafiro que estaba el suelo y la agitó contra las sombras, pero estos seres inmateriales no sintieron nada. Otro movimiento brusco y estrelló la zapatilla contra la otra que aún estaba en el suelo y provocó un ligero destello azulado que se convirtió en gritos de dolor de aquellas criaturas que salieron espantadas entre gemidos y maldiciones lanzadas en un idioma desconocido. Con los ojos bien abiertos, Scion vio como la ligera claridad de la noche eterna regresaba. Aún temerosa, tomó las dos zapatillas entre sus manos y las volvió a chocar provocando una nueva chispa color zafiro. Las sombras se había ido, llevándose consigo la tranquilidad de Scion. A como pudo, siguió su camino, preguntándose si aquellas criaturas la volverían a atacar. "¡No!", dijo con tono de reclamo, "no van a volver." En forma continua y pausada, empezó a golpear sus zapatillas. "Una chispa, dos chispas, tres chispas. No van a volver, no van a volver, no van a volver."

viernes, 8 de agosto de 2008

Scion la Heredera: 3 - Scion y su Creador

Una puerta puede ser grande, puede ser enorme, puede ser tan monumental que su altura se pierda entre las nubes y vaya tan lejos como las estrellas. Así era la majestuosa puerta que conducía al Salón del Trono desde donde Meteoro reinaba en su Valle de Sombras, donde no había un solo súbdito, ni siquiera una hierba que pudiera venerar su presencia. En un momento de sobrecogimiento, Scion se detuvo frente a la puerta y respiró hondo. Estaba a punto de encontrarse con su creador, el ser que le había dado vida, el único padre que podría conocer jamás. "¡Haz silencio! Me pones nerviosa," dijo Scion mirando hacia atrás esperando que yo la escuchara y siguiera sus indicaciones. Lo que ella no sabía es que si detenía el relato, debería esperar eternamente para que algo sucediera en su historia; así que preferí no obedecerla. En fin, armándose de valor, Scion empujó la puerta y esta se deslizó suavemente como si no pesara nada. Como si la estuviera esperando, Meteoro estaba sentado en una enorme piedra oscura y rojiza, que parecía haber sido moldeada con lava para conformar un trono digno de su poder.

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"¿A qué debo tu visita?" Preguntó Meteoro con una mirada irónica. "Te di carta blanca para recorrer el castillo a tu antojo, no deberías interrumpirme a menos que hubieras descubierto alguna manera de entretenerme."

Scion lo vio a los ojos y casi de inmediato bajó la mirada. Un hormigueo recorrió su espalda ante el temor que la abrumaba. Frente a ella estaba aquel dios, casi dos veces su tamaño, listo para juzgar si había valido la pena ser interrumpido. "Yo solo… yo solo quería hacer una petición."

Con marcado sarcasmo, Meteoro sonrió. "¿Y por qué yo, Meteoro, Dios de las Rocas que Caen, he de escuchar la petición de un juguete? Deberías estar agradecida con que no te haya vuelto polvo cuando me aburrí de ti."

Aún sin atreverse a levantar la mirada, Scion cayó de rodillas en un gesto de súplica, extendiendo sus brazos hacia delante, venerándolo, haciendo su mejor esfuerzo para que él la escuchara. "Sí lo estoy, mi Dios, estoy agradecida con la oportunidad que usted me dio de seguir con vida. Pero…"

"¿Pero?" Meteoro levantó una ceja mientras se inclinaba hacia delante en su Trono, intrigado por el atrevimiento de esta pequeña criatura.

"Quiero dejar su castillo, quiero viajar más allá del Valle de Sombras y conocer otras personas como yo. Quiero poder conversar con quienes escriben esas maravillosas canciones que oigo cuando me asomo por el balcón. Quiero saber como se siente el sol en mi piel y respirar el aroma de los pinos y hundir mis pies en el agua fresca de un manantial. Le agradezco que me haya dado la vida, pero ahora quiero más, quiero vivirla y sentirla y amarla…"

Meteoro se levantó de su trono y se acercó hacia esta pequeña pero demandante criatura. Con un gesto severo se detuvo junto a ella y la observó detenidamente, mientras ella cerraba los ojos esperando ser consumida por un mar de lava. Finalmente, Meteoro dejó escapar una sonora carcajada que retumbó en cada uno de los rincones de su enorme castillo. "Curiosa criatura, eres el ser más extravagante que mis manos hayan creado. Quieres vivir y pones tu vida en mis manos al hablarme con semejante falta de respeto. Quieres, quieres, quieres… ¿Cómo te atreves? Deberías estar besando el piso por el que camino, esculpiendo obras que hicieran brillar mis ojos, creando historias que me hicieran soñar. No has cumplido con ninguno de mis deseos y aún así te atreves a exigirme tu libertad."

Scion levantó su mirada y la sostuvo ante los ardientes ojos de Meteoro, rojos como la lava y fulgurantes como las estrellas. "Mi intensión no ha sido nunca faltarle el respeto. Usted me dio la vida y se lo agradezco. También estoy agradecida porque usted me ha dejado seguir viviendo. Pero cuando usted me bendijo con esta existencia, también me iluminó con el deseo de experimentar y aprender. Usted creó esta curiosidad que grita desde lo más profundo de mi ser. Usted es quien me ha impulsado para llegar a este momento y por eso vengo ante usted para que me permita vivir o me arrebate el aliento que nunca debí haber tenido." Nuevamente, la joven criatura bajó la cabeza y volvió a cerrar los ojos. Nada que dijera podría cambiar lo que ya estaba por suceder.

"Atrevida." Meteoro la estudió mientras ladeaba el rostro para poderla ver por todos sus ángulos. "Jamás un juguete me ha hablado de semejante manera. Mi talento para dar vida debe estar mejorando, porque realmente has logrado lo que ninguno de los otros pudo. Me has sorprendido." El Dios de las Rocas que Caen la tomó por los cabellos y la levantó como si no pesara nada hasta ponerla de pie. Su brusquedad no pasó desapercibida, pero ¿qué más se le podía pedir a quien siempre ha hecho su voluntad? "Si quieres tu libertad, la tendrás, pero serás mi emisaria, mi sacerdotisa y llevarás mi mensaje a las tierras que están más allá de las fronteras del Valle de Sombras y le enseñarás a otros a temerme, a desear mi bendición, a venerarme desde lo lejos porque no existe otro Dios en este mundo como Meteoro. ¿Me escuchas bien? Tu libertad tiene un precio, ¿estás dispuesta a pagarlo?"

Los enormes ojos azules de Scion brillaron con luz propia mientras sonreía quizás por primera vez. "¡Sí! ¡Estoy dispuesta!"span>

martes, 29 de julio de 2008

Scion la Heredera: 2 - Scion y el Castillo

"Tac, tac, tac, tac." Los pasos de Scion hacían eco en los vacíos pasillos de aquel inmenso y oscuro monumento al ego de un dios infame. Sin sirvientes que rondaran el lugar, sin niños jugando y rompiendo reliquias, sin mascotas que al menos te miraran a los ojos para que les dieras de comer, sin nada que te hiciera compañía, sin nada alrededor, ese lugar era una inmensa nada en la que Scion había sentido que no podía avanzar. Los pasillos eran caprichosos, tal como el dios que los creó, y como si tuvieran vida propia cambiaban su forma cuando nadie los veía, creando rutas sin salida, formas imposible que desafiaban a la realidad y la gravedad, y se reducían a espacios que solo podían ser transitados por insectos… eso si existiese ese tipo de vida en aquel lugar donde solo se respiraba muerte. El castillo tenía innumerables años en su haber, y si hubiera desarrollado algún tipo de personalidad, sería la de un hombre profundamente arrogante que se resiste a servirle a otros, a menos que se tratara de Meteoro, su creador, por supuesto. En cierta forma, se podría decir que Scion y el castillo eran hijos de un mismo ser, pero ninguno de los dos admitiría que compartían un vínculo filial, menos aquel montón de rocas silenciosas que no le daban la bienvenida a nadie. Sería mentira si dijera que Scion y el castillo habían compartido palabra alguna, aún cuando habían estado juntos desde el nacimiento de esta niña sin madre. Dentro de su concepción de realidad, Scion no se imaginaba la verdadera naturaleza del castillo; y el castillo había optado por ignorarla, tomándola solo como un capricho temporal de su creador, un antojo pasajero que estaba por expirar. "Shhhh!", dijo Scion colocando su dedo índice frente a su boca como tratando de hacerme callar. "Me distraes con ideas sin sentido y necesito concentrarme para encontrar el camino correcto." Con su poco tiempo de vida, Scion estaba aprendiendo a ignorar ideas que le podrían ser de tanta ayuda. Esa era parte de la magia de la juventud, que era lo único que tenía.

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Lo cierto era que Scion recorría los pasillos en busca de Meteoro sin tener muy claro la ruta que debía seguir, pero con una idea fija en su mente. Debía hablar con él para definir su futuro. Había abrazado la idea de reinventarse y necesitaba llevar sus pensamientos a la acción, pero esos pasillos… esos pasillos interminables no ayudaban. Se detuvo frente a un gran precipicio que parecía no tener fin, sin ninguna desviación que le indicara por donde debía continuar. Se detuvo por un momento y miró hacia atrás; tendría que devolverse. "Este es un laberinto." Sí, lo es, pequeña. Scion suspiró. Las palabras de sus alucinaciones le servían de muy poco. Ella debía encontrar la habitación del trono y ¿cómo iba a llegar hasta allá cuando el camino seguía cambiando? Frustrada, dio media vuelta y siguió caminando en dirección contraria. Tarde o temprano debía encontrar la dirección correcta. Sumida en sus pensamientos, no se percató que una roca se elevó ligeramente a su paso y la hizo tropezar. Scion calló y se lastimó una rodilla, sintiendo por primera vez dolor físico. "¿Qué es esto?" Pasó su mano por la herida y vio gotas de un rojo profundo mojar sus manos. Es sangre, Scion, ya deberías conocerla, es el néctar de la vida. "Es viscosa…" La olió y la probó con una curiosidad definitivamente infantil y luego volvió a tocar su herida. "Duele." Molesta, vio la roca que se había levantado en el suelo, que volvía a colocarse al ras de las otras baldosas. "Fue a propósito. Este horrible castillo quiere hacerme daño." Tal vez, tal vez no. Todo es posible en estas tierras desprovistas de vida. Scion apretó la mandíbula con indignación; mis comentarios parecían enervarla a ratos, sobre todo en aquellos momentos que mis ideas eran demasiado ruidosas para ignorarlas.

"¡Déjame!," finalmente gritó mientras corría por el pasillo tratando de alejarse de mis divagaciones. No le tomaría demasiado tiempo para darse cuenta que no me lograría perder. Agotada, y aún sin encontrar el camino correcto hacia el trono de su creador, se dejó caer. La frustración creaba líneas y sombras sobre ese rostro que nunca había brillado con luz propia. Rendida, se tiró boca abajo sobre el piso, sin saber qué hacer. Posó su rostro sobre las frías baldosas y cerró los ojos. Tal vez una siesta le daría claridad a su mente, tal vez tendría una revelación entre sueños. Pero qué difícil era poder relajarse cuando las piedras bajo su rostro no dejaban de moverse… "¿El suelo se mueve?" Scion abrió sus enormes ojos azules y vio cómo las piedras bajo ella se estremecían ante su contacto. Precisamente donde estaba su mejilla, las baldosas temblaban, tímidas, nerviosas. Scion se retiró y el piso quedó inmóvil, colocó sus manos sobre la piedra y esta se volvió a estremecer. Se acercó a una de las paredes y posó su rostro contra la piedra, que envió nuevas vibraciones por todo el lugar. "¿Qué sucede? ¿Me oyes?" En esta ocasión, las palabras de Scion estuvieron dirigidas a las paredes y al piso, hablándole al castillo como si este fuera una persona; y como reacción, una agradable sensación de calor brotó de la piedra. Scion se sorprendió, hubiera jurado que incluso el color oscuro que la rodeaba había subido un tono hacia la claridad. Con un gesto delicado acarició una roca en la pared y sintió una textura totalmente diferente, suave, aterciopelada. "Nunca habías sentido la piel de una persona, ¿verdad?" Una brisa fresca y fragante la envolvió como respuesta. "¿Hace cuánto te crearon? ¿Te sientes solo?" La temperatura alrededor de Scion bajó y las paredes se humedecieron con una capa de rocío casi imperceptible. "Yo también me siento sola. Aunque nunca he sabido lo que es tener a alguien por compañía, pero he escuchado canciones… y sus letras son maravillosas…" Un aroma frutal inundó el lugar. "¿Te gustaría que trajera muchas personas para que te conocieran?" Pequeños granos de sal brillaron a lo largo de un nuevo pasillo que se conformaba ante sus ojos. En esta ocasión, sin trampas, sin oscuridad, en línea recta apuntando hacia una puerta que estaba marcada con el escudo de armas de Meteoro. "¡Gracias!" Scion sonrió, el castillo se había apiadado de ella. "Estoy en deuda contigo y vas a ver lo agradecida que puedo ser."

jueves, 17 de julio de 2008

Scion la Heredera: 1 - Scion y el Balcón

La brisa acarició sus pies descalzos mientras los balanceaba fuera de la orilla del balcón de aquel enorme y oscuro castillo. Sentada en actitud casi suicida, mirando hacia el horizonte con la mirada en fuga, una hermosa joven de largos cabellos negros, ojos profundamente azules y piel tan blanca como la luna movía sus pies hacia atrás y hacia delante, juguetona, atrevida, hacia atrás y hacia delante, insistente, incontenible, hacia atrás y hacia delante, casi autista. Sus labios apenas balbuceaban una canción antigua que alguna vez oyó sonar en las ráfagas que arrastraba el viento desde distantes ciudades. Al tratarse de una canción que evidentemente venía de una larga tradición, le hubiera gustado oírla de otras personas, haberla aprendido en el corazón de una de esas familias que heredan sus historias de padres a hijos, de madres a hijas, de un amante a otro. Pero eso era imposible para ella. ¿Verdad, Scion? Al percibir su nombre, ella ladeó su rostro esperando encontrar a alguien que acompañara esta voz. No vio nada; pero ya estaba acostumbrada. Siempre oía voces que provenían de ningún lado, del aire bajo el suelo, de la tierra en los aires, a veces les prestaba atención, a veces no. "Espíritus," ella pensaba, y seguía en su eterno e inhumano existir.

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En un deseo por absorber todo a su alrededor, respiró hondo y extendió sus brazos. Deseaba ser parte de ese aire que la rodeaba e impregnarse de su vitalidad, de su poder para viajar, de su independencia. Ondeando sus brazos, los movió con la melodía que sus labios seguían entonando, ya sin nada que la sostuviera a aquel balcón que amenazaba con lanzarla hacia el vacío y la oscuridad absoluta de aquellas tierras de la noche eterna, donde nunca brillaba el sol. "¿Nunca?" Para quién no conoce la luz, es muy difícil comprender que toda su vida había vivido en las sombras. Toda su vida, toda su corta vida. A alguien que nunca ha conocido la felicidad, es imposible explicarle que existe algo más que la monotonía. ¿No te parece, Scion? La hermosa joven levantó una vez más la vista y al no encontrar nada, dejó escapar una leve sonrisa con un suave dejo de ironía. "Me llamas Scion. Scion. Esa es la única ironía." En la Lengua Antigua, Scion significaba "Heredera", "Aspirante al Trono", "Hija del Amor." Sí, Scion tenía razón, esa era la verdadera ironía porque no había nada que ella pudiera heredar. No cuando no era hija de padre ni de madre, sino del suspiro de un dios eterno y caprichoso que la había creado en un fallido intento de librarse del aburrimiento. Sí, el sentido irónico de su nombre no se le había escapado. Su creador, el Dios de las Rocas que Caen; dueño absoluto de aquellas tierras devastadas donde la vida era una memoria tan lejana que ni siquiera las piedras la recordaban; Meteoro, lo más parecido a un padre que ella jamás tendría; su Dios, su creador, su padre, él podría tener muchos significados para ella; pero para él, Scion había sido el juguete del día de ayer y la novedad ya había pasado.

Con estos pensamientos dando vueltas en la mente de esta muñeca con aspiraciones humanas, Scion se levantó e inclinó la cabeza ligeramente sobre el vacío. ¿Te vas a lanzar, Scion? "Tal vez," respondió con una paz tan profunda que invitaba a abrazarla. Si apagas tu vida ahora, tu existencia habrá sido inútil. No habrás tocado el alma de ningún ser viviente, no sentirás compasión por un amigo en desgracia, no verás las lágrimas de un hombre que te ame tanto que no pueda dejar de llorar, no podrás ver hacia el horizonte y sonreírle al sol pensando que todos tus sacrificios valieron la pena. Tu vida habrá sido tan corta que nadie te recordará cuando mueras.

Sí, su vida había sido tan corta. Se podía medir en días y semanas, pero definitivamente no en meses. Su infancia había sido robada porque había sido creada como una joven mujer, no como una niña. Nunca jugó entre las piedras y se raspó al ir detrás de un insecto. Nunca fue objeto de una celebración al decir su primera palabra. Nunca fue sostenida entre los tiernos brazos de un adulto hasta que se durmiera. Para Meteoro, su dios creador, ella era un juguete con pensamiento propio que deambulaba por los fríos rincones de su castillo, buscando una razón de ser y cuestionándose poco, porque para preguntar hay que tener vivencias y ella no las tenía. "No, no he vivido." Y si te lanzas, nunca sabrás lo que la vida podría haber significado para ti. Podrías ser dichosa o podrías ser infeliz. Todo depende de ti. Esta vez Scion no respondió, solo miró hacia el precipicio delante suyo, sin miedo, sin una expresión en el rostro, solo un leve pestañear que parecía ser el último vestigio de vida que poblaba aquel cuerpo tan joven. "¿Dichosa o infeliz?" Como si le hablaran de colores a un ciego, Scion se detuvo un momento a pensar qué podrían significar esas ideas para ella. Sin ninguna experiencia que le sirviera de guía, simplemente no sabía cómo se podrían sentir. "¿Dichosa o infeliz? No sé…" Sí lo sabes. Has sido profundamente infeliz y por eso estás al borde de este precipicio pensando en lanzarte. Scion cerró sus ojos brevemente, dejándose envolver por la brisa fría de aquellas tierras muertas, y cuando los abrió, su mirada azul estaba ligeramente nublada con lluvia que parecía florecer desde su interior. "Sí, es cierto, soy infeliz en esta soledad y oscuridad que todo lo envuelve, en este castillo de piedra donde nada brilla, atrapada en la compañía de un dios tan altivo que ya olvidó mi existencia." ¿Y qué piensas hacer? "Todavía puedo saltar." Es cierto. "También podría seguir viviendo así." Sí. "O podría cambiar…" Antes que su rostro se humedeciera, Scion llevó las largas mangas de seda a su rostro y limpió sus ojos de las primeras lágrimas que habían brotado de sus ojos. Cómo un recién nacido, el llanto había sido la señal de su verdadero nacimiento. Ahora solo le quedaba seguir viviendo.