viernes, 8 de agosto de 2008

Scion la Heredera: 3 - Scion y su Creador

Una puerta puede ser grande, puede ser enorme, puede ser tan monumental que su altura se pierda entre las nubes y vaya tan lejos como las estrellas. Así era la majestuosa puerta que conducía al Salón del Trono desde donde Meteoro reinaba en su Valle de Sombras, donde no había un solo súbdito, ni siquiera una hierba que pudiera venerar su presencia. En un momento de sobrecogimiento, Scion se detuvo frente a la puerta y respiró hondo. Estaba a punto de encontrarse con su creador, el ser que le había dado vida, el único padre que podría conocer jamás. "¡Haz silencio! Me pones nerviosa," dijo Scion mirando hacia atrás esperando que yo la escuchara y siguiera sus indicaciones. Lo que ella no sabía es que si detenía el relato, debería esperar eternamente para que algo sucediera en su historia; así que preferí no obedecerla. En fin, armándose de valor, Scion empujó la puerta y esta se deslizó suavemente como si no pesara nada. Como si la estuviera esperando, Meteoro estaba sentado en una enorme piedra oscura y rojiza, que parecía haber sido moldeada con lava para conformar un trono digno de su poder.

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"¿A qué debo tu visita?" Preguntó Meteoro con una mirada irónica. "Te di carta blanca para recorrer el castillo a tu antojo, no deberías interrumpirme a menos que hubieras descubierto alguna manera de entretenerme."

Scion lo vio a los ojos y casi de inmediato bajó la mirada. Un hormigueo recorrió su espalda ante el temor que la abrumaba. Frente a ella estaba aquel dios, casi dos veces su tamaño, listo para juzgar si había valido la pena ser interrumpido. "Yo solo… yo solo quería hacer una petición."

Con marcado sarcasmo, Meteoro sonrió. "¿Y por qué yo, Meteoro, Dios de las Rocas que Caen, he de escuchar la petición de un juguete? Deberías estar agradecida con que no te haya vuelto polvo cuando me aburrí de ti."

Aún sin atreverse a levantar la mirada, Scion cayó de rodillas en un gesto de súplica, extendiendo sus brazos hacia delante, venerándolo, haciendo su mejor esfuerzo para que él la escuchara. "Sí lo estoy, mi Dios, estoy agradecida con la oportunidad que usted me dio de seguir con vida. Pero…"

"¿Pero?" Meteoro levantó una ceja mientras se inclinaba hacia delante en su Trono, intrigado por el atrevimiento de esta pequeña criatura.

"Quiero dejar su castillo, quiero viajar más allá del Valle de Sombras y conocer otras personas como yo. Quiero poder conversar con quienes escriben esas maravillosas canciones que oigo cuando me asomo por el balcón. Quiero saber como se siente el sol en mi piel y respirar el aroma de los pinos y hundir mis pies en el agua fresca de un manantial. Le agradezco que me haya dado la vida, pero ahora quiero más, quiero vivirla y sentirla y amarla…"

Meteoro se levantó de su trono y se acercó hacia esta pequeña pero demandante criatura. Con un gesto severo se detuvo junto a ella y la observó detenidamente, mientras ella cerraba los ojos esperando ser consumida por un mar de lava. Finalmente, Meteoro dejó escapar una sonora carcajada que retumbó en cada uno de los rincones de su enorme castillo. "Curiosa criatura, eres el ser más extravagante que mis manos hayan creado. Quieres vivir y pones tu vida en mis manos al hablarme con semejante falta de respeto. Quieres, quieres, quieres… ¿Cómo te atreves? Deberías estar besando el piso por el que camino, esculpiendo obras que hicieran brillar mis ojos, creando historias que me hicieran soñar. No has cumplido con ninguno de mis deseos y aún así te atreves a exigirme tu libertad."

Scion levantó su mirada y la sostuvo ante los ardientes ojos de Meteoro, rojos como la lava y fulgurantes como las estrellas. "Mi intensión no ha sido nunca faltarle el respeto. Usted me dio la vida y se lo agradezco. También estoy agradecida porque usted me ha dejado seguir viviendo. Pero cuando usted me bendijo con esta existencia, también me iluminó con el deseo de experimentar y aprender. Usted creó esta curiosidad que grita desde lo más profundo de mi ser. Usted es quien me ha impulsado para llegar a este momento y por eso vengo ante usted para que me permita vivir o me arrebate el aliento que nunca debí haber tenido." Nuevamente, la joven criatura bajó la cabeza y volvió a cerrar los ojos. Nada que dijera podría cambiar lo que ya estaba por suceder.

"Atrevida." Meteoro la estudió mientras ladeaba el rostro para poderla ver por todos sus ángulos. "Jamás un juguete me ha hablado de semejante manera. Mi talento para dar vida debe estar mejorando, porque realmente has logrado lo que ninguno de los otros pudo. Me has sorprendido." El Dios de las Rocas que Caen la tomó por los cabellos y la levantó como si no pesara nada hasta ponerla de pie. Su brusquedad no pasó desapercibida, pero ¿qué más se le podía pedir a quien siempre ha hecho su voluntad? "Si quieres tu libertad, la tendrás, pero serás mi emisaria, mi sacerdotisa y llevarás mi mensaje a las tierras que están más allá de las fronteras del Valle de Sombras y le enseñarás a otros a temerme, a desear mi bendición, a venerarme desde lo lejos porque no existe otro Dios en este mundo como Meteoro. ¿Me escuchas bien? Tu libertad tiene un precio, ¿estás dispuesta a pagarlo?"

Los enormes ojos azules de Scion brillaron con luz propia mientras sonreía quizás por primera vez. "¡Sí! ¡Estoy dispuesta!"span>

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